UNA REFLEXIÓN DE GRAN INTERÉS.
"Una tierra seca, estéril y pobre: el 10% de su suelo no es más que un páramo rocoso; un 3%, pobre e improductivo; un 4%, medianamente fértil; sólo el 10% francamente rico. Una península separada del continente europeo por la barrera montañosa de los Pirineos, aislada, remota. Un país dividido en su interior mismo, partido por una elevada meseta central (...) Ningún centro natural, ninguna ruta fácil. Dividida, diversa, un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas: eso era y es España".
Así da comienzo John Huxtable Elliott a su libro La España Imperial (1469-1716). Un periodo fascinante porque, pese a lo descrito en el párrafo anterior y a la carencia abrumadora de recursos naturales, España se convirtió en una nación cuya realidad alteró el equilibrio de poder del viejo continente. Y no sólo eso, sino que Elliot va más allá y considera que el Reino de España, en ese corto espacio de tiempo, revolucionó los regímenes de entonces, inoculando el germen que daría lugar a los estados europeos modernos que hoy conocemos.
Pero, pese a lo deslumbrante que pueda parecer ese periodo de nuestra historia, Elliot transita de las luces a las sombras y se hace también otra pregunta, ¿cómo pudo esa misma sociedad perder su ímpetu y su dinamismo creador (...) en un periodo de tiempo tan corto como el que necesitó para adquirirlos? En el momento presente, en el que tras quince años del mayor crecimiento económico que hayamos conocido nunca, estamos viviendo la crisis más grave que se recuerda, esta pregunta vuelve a ser clave.
Hecho el planteamiento, no abundaré sobre debates vigentes, sino que voy a ir más allá y trataré de poner a cada uno de nosotros, a priori sin poder alguno sobre el devenir de los acontecimientos, frente al espejo de lo que somos: la maldita España.
El fracaso de una nación es el fracaso de sus ciudadanos.
Cuanto más se analizan, más evidente resulta que los grandes éxitos y los más abrumadores desastres no son fruto de un acontecimiento singular sino de sucesos mayores y menores, jalonados por infinidad de pequeños hechos. Y, por ello, la suma de nuestros actos individuales, por irrelevantes que nos parezcan, cobra gran importancia.
Cada día que pasa tenemos más presente que el actual modelo político es factor fundamental en nuestro grado de postración, pero esta evidencia no debe ahorrarnos el duro e imprescindible examen de conciencia individual y llegar al fondo último de la cuestión. Porque, poco o mucho, lo que hemos hecho y dejado de hacer influye en todo cuanto sucede.
Por todo ello, la Historia no entiende de equidad, y el fracaso de una nación se convierte en el fracaso individual de cada uno de sus ciudadanos y viceversa. Así pues, si España es una gran nación, nos beneficiamos en el ámbito de lo material y somos respetados en lo personal. Si, por el contrario, España se consuma como un estado fallido, nos veremos en la lamentable tesitura de pagar el desastre de nuestro bolsillo, con sangre, sudor y lágrimas, y nuestra reputación, en lo personal, se verá mermada. Ello afectará al ámbito de lo privado, ya sea a nuestro negocio, actividad profesional o aspiración individual. Da igual en qué región del Estado vivamos o hayamos nacido, ni a qué nos dediquemos. La Historia, cuando ajusta cuentas, no hace distinciones.
Sin iniciativa.
No voy a negar que las acciones de cualquier político en ejercicio producen efectos infinitamente mayores que aquellos que son fruto de los actos de los ciudadanos de a pie, diferencia que se ve exacerbada en una democracia de tan baja calidad como la nuestra. Pero nada es irrelevante. Justificar la dejación de nuestra responsabilidad, alegando que nuestra capacidad de influir no es ni remotamente simétrica a la de la clase política, no va a hacer que el que nos hundamos o salgamos victoriosos de esta terrible prueba deje de depender, de una forma u otra, de nosotros mismos. A la vista está que es el pueblo llano el que paga las facturas y carga sobre sus hombros el peso de las crisis. La clave es ser más influyentes: estamos necesitados de talento, creatividad, iniciativa y coraje.
Si descontamos la pésima clase política, la lamentable perversión de nuestro sistema político-económico y ese pequeño ejército de personajes menores, entre los que se encuentran algunos artistas, periodistas, sindicalistas, empresarios y banqueros, nos queda lo que se ha dado en llamar la "sociedad civil". Y esa sociedad civil que se dice ausente no es otra cosa que nosotros mismos: la maldita España.
Para ser justos, debemos reconocer también que las bases de los partidos políticos que padecemos, se nutren de nuestros hijos. Y que éstos aprenden con rapidez que es más fácil trepar reptando como las serpientes que ascender remontando el vuelo como las águilas. Así pues, hay que hacer un llamamiento a la responsabilidad a todos ellos.
Muchas actitudes, que ahora denunciamos, forman parte de nuestro acervo colectivo. Esto significa que mientras aplaudimos el discurso del mérito y el esfuerzo, seguimos en el convencimiento de que una buena relación social, o una oportuna e interesada amistad, siempre es mejor que cualquier sacrificio. Por lo que también parece necesario que los ciudadanos revisemos nuestra escala de valores para que éstos sean consecuentes con nuestras demandas.
Al final de este túnel lo que hay es un precipicio
En mayor o menor medida, hemos aceptado vivir como serviles en vez de como ciudadanos dignos, y ello ha sido a mayor gloria de nuestro interés particular. Ahora, el inexorable devenir de la Historia nos está enseñando por enésima vez que el beneficio individual está íntimamente ligado al buen o mal hacer de todos. Y que España, con toda su mugre, no es más que el espejo en el que hemos de mirarnos.
Si el sistema político, preso de sus intereses e inercias y por culpa de su letal lentitud, es incapaz de cambiar el rumbo de colisión, deberíamos ser nosotros quienes hiciéramos algo al respecto. Porque cuanto más tardemos, más expuestos estaremos a que sean las cigarras las que se manifiesten, mientras que, como estúpidas hormigas, nos limitaremos a contemplar cómo son vaciadas nuestras despensas.
Hasta hoy hemos actuado como las sociedades europeas en vísperas de la Primera Guerra Mundial, tal y como las describió Paul Johnson: paralizadas y asqueadas, deseando que comience la debacle. Y esta actitud será devastadora. Los desastres no hacen que las sociedades se vuelvan mejores. Más bien al contrario. Se llevan por delante a una parte importante de la población (generalmente la más valiosa), empobrecen al resto y dejan tras de sí una ingente labor de desescombro. Durante un tiempo, se crea el espejismo de más y mejores oportunidades. Pero el hecho es que las sociedades retroceden en el tiempo. En el caso de España, en un contexto geopolítico como el actual, si se consuma el colapso, es más que probable que no volvamos a levantar cabeza.
De una forma o de otra, los ciudadanos somos la infantería del propio sistema político-económico que nos lleva hacia el desastre. Y es a nuestros lomos que cabalgan los jinetes del Apocalipsis. Y el reloj se ha parado: no hay más tiempo. Así que sólo queda lanzar un par de preguntas, ¿van a hacer ustedes algo al respecto?, ¿o van a seguir creyendo que seremos rescatados por la UE a instancias de Angela Merkel, cuyo país, Alemania, no nos tiene en gran estima?
*Javier Benegas es experto en branding y comunicación y autor de ‘Sociedad terminal. La comunicación como arma de destrucción masiva'.
http://www.elconfidencial.com/tribuna/maldita-espana-20100622-6179.html





Ángel del Infierno dijo
Fotografía antológica para enmarcar:
http://www.laredgualda.com/wordpressmus/?p=16486
29 Junio 2010 | 10:39 PM