PORQUÉ SOMOS PATRIOTAS.
El patriotismo falangista se articula en torno a dos ejes: 1. La aceptación de la decadencia histórica de España y el afán por superarla. La pregunta por España es consustancial al origen mismo de 2. Su fe inquebrantable en el pueblo español. Por lo que hace a nuestra decadencia, ésta parece tener su origen en una profunda crisis moral en un pueblo acostumbrado desde antiguo a las tareas más inmensas y difíciles. Parecería como si los cuatro siglos de nuestro lento pero inexorable periclitar hubieran terminado por sembrar en los corazones incluso la duda sobre la continuidad de una Nación que, desde sus albores, parecía destinada a vencer en toda ocasión y a cualquier coste de heroísmo. Nuestro patriotismo se enmarca, en consecuencia, en la necesidad de recuperar esa moral o colectiva que siempre caracterizó a lo español. Lo que en modo alguno viene a significar emplearnos de nuevo en viejas batallas donde, parafraseando al poeta, todo lo ganamos y todo lo perdimos. Fundamentalmente: porque el frente de batalla se ha desplazado ya hacia otros confines. La gran novedad del patriotismo falangista recae en afirmar que la pérdida de nuestro pulso vital y nuestro carácter autóctono tiene su origen remoto en el sistema económico y social en el que nos hallamos inmersos. Existe una crítica general al Sistema que compartimos en gran medida. General porque es un invento de la mentalidad anglosajona y sólo a ella conviene y beneficia. Por eso, al socaire de cualquier forma de universalismo, es de capital importancia apreciar que en el caso español concurre una circunstancia especial: que el modelo económico y social del capitalismo es radicalmente contradictorio con ese carácter español que estimamos como el principal activo para superar nuestra decadencia nacional. Porque el carácter español resulta incompatible con el tipo humano que se deriva del modelo antropológico del capitalismo, del homo-oeconomicus, del burgués en los términos propuestos por Stendhal: “llamo burgués a todo aquel que piensa bajamente” (y, en particular, añadimos nosotros: a todo aquel que piensa con la cartera). El carácter español, a partes iguales: ácrata, independiente, orgulloso, arrojado y espiritual a su manera, según los rasgos trazados por nuestra mejor literatura y por más que “nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero”). La primera tarea del patriotismo falangista ha de ser, en buena lógica, subvertir el actual sistema económico y social por otro que se corresponda más exactamente con nuestro carácter popular. Porque, al desconsiderar las peculiaridades de ese carácter español, el sistema capitalista es quien nos ha inoculado el cáncer de nuestra decadencia que no es otro que una tendencia suicida hacia la división fratricida. José Antonio nos muestra cómo esa decadencia tiene su origen, precisamente, en la triple división engendrada entre sus hombres, sus tierras y sus clases. España ha dejado de pelear en el ámbito de los quehaceres históricos para enzarzarse en una guerra interminable declarada en su propio seno, para reencontrase a sí misma o para liquidar su unidad, según los casos. Y el esfuerzo fraticida la deja exánime, agotada, para reclamar el lugar que le corresponde en lo universal. Para los falangistas, el esfuerzo ha de principiar en consecuencia en el suelo patrio: tomar conciencia de cómo somos y diseñar un sistema político, económico y social acorde con aquellos rasgos en los que todos los españoles podamos vernos reflejados. Después de una acelerada y urgente deriva el fundador de La gran tarea histórica que España nos demanda es su Revolución, para dotarla del sistema más acorde con las seculares demandas de un pueblo con características tan nobles y arraigadas como el español: la libertad y la justicia a manos llenas. No existe otra forma de recuperar el heroico impulso de España y de escapar de la dinámica malvada de los siglos de penuria. Pero hay más.
En conclusión, España y



