La Coctelera

GALLOS DE MARZO

SOMOS POLLOS PIO PIO MUY POLLITOS www.gallosdemarzo@gmail.com

Categoría: PORQUÉ SOMOS

24 Junio 2009

CARA Y CRUZ

Con sus luces y sus sombras.

Frente a hostiles, pasmaos, incrédulos y calabazos.

El que entrega su vida por defender a sus conciudadanos, es un patriota.

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* Viñetas de Borja Montoro y Caín en La Razón.

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27 Marzo 2008

¿POR QUÉ SOMOS HUMANISTAS?


La Falange es la expresión política de una actitud radicalmente humanista cara a la realidad social. Si existe un dogma y una base irrenunciable en su ideario, es la afirmación del hombre como eje y centro del sistema.

El hombre, en el pensamiento falangista, no es una entelequia, una abstracción ni una concesión a las mentes bienpensantes. La Falange concibe al hombre en una triple dimensión, en torno a la que va a desarrollar toda su reflexión y propuesta doctrinal. La integridad, dignidad y libertad del hombre son los “valores eternos” a cuyo servicio y promoción se consagrará en absoluto la España que haremos.

Para la Falange, el hombre es un ser ÍNTEGRO. Entendemos por ello una totalidad compuesta por un elemento natural y otro sobrenatural. El hombre es un ser espiritual, en el sentido de partícipe de una realidad trascendente a su corporeidad a quien debe su especificidad en el orden de la realidad. Esta afirmación ubica a la Falange en el extremo opuesto de las mentalidades y las ideologías materialistas y la aproxima a las que reconocen en el hombre un destello de eternidad o, cuando menos, una proyección más allá de lo inmediato. Entre esas visiones del mundo cercanas, la católica -que entiende el hecho humano en términos de cuerpo y alma- ha sido y continúa siendo hegemónica entre los falangistas. Con todo, el compromiso falangista es aconfesional y no puede exigir en el dominio de las creencias personales otra cosa que el reconocimiento de la dimensión espiritual y la conciencia de las consecuencias inmediatas que de ello se derivan.

Para la Falange, el hombre es un ser DIGNO. Esta es la consecuencia ética más inmediata del reconocimiento de su dimensión espiritual. Como tal ser espiritual, el hombre está naturalmente adornado por una serie de atributos sutiles que lo hurtan de ser reducirlo a una “cosa entre las otras cosas del mundo”, por más que adornada por un leve soplo de inteligencia. El trato que cada individuo particular recibe de la sociedad o del Estado es un trato dispensado no sólo a su entidad física sino, fundamentalmente, a la porción de eternidad que habita en su interior. Y por tal motivo el hombre no puede ser objeto de desconsideración, sino de respeto conforme a su elevada condición espiritual. Es en este orden de la dignidad de la persona donde encastra el discurso falangista en torno a la justicia social.

Para la Falange, el hombre es un ser LIBRE. De hecho, la principal cualidad formal que lo adorna es su capacidad para decidir y su potestad para equivocarse, para rectificar o para mantenerse voluntariamente en el error. Errado o acertado, el hombre es siempre un ser espiritual revestido de la dignidad que emana de tal condición, difícilmente compaginable en la edad adulta con formas de tutela paternal. A esa dignidad, a ese respeto en el ámbito de sus decisiones, la realidad debe conformarse. Por tal motivo, la proyección del reconocimiento de la libertad original del ser humano nos lleva a los falangistas a optar abiertamente por formas políticas de participación donde las decisiones correspondan en último extremo a la voluntad mayoritaria de los ciudadanos. Aún así, sabemos con la mejor tradición filosófica que la libertad se acrecienta conforme crece la educación y el conocimiento. Y a esa certeza confiamos la esperanza en un mañana mejor.

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24 Marzo 2008

¿POR QUÉ SOMOS DEMÓCRATAS?



Los falangistas somos demócratas porque entendemos que la legitimidad para el ejercicio del poder no procede ni de Dios, ni de la Historia, ni de la competencia técnica de las elites sino del pueblo. Y porque entendemos igualmente que la Patria es un proyecto común de todos los españoles y que la única forma de vincular a todos es esa tarea de futuro es abriendo la participación política hasta unos límites todavía desconocidos a día de hoy.

Si, como hemos mostrado al hablar de nuestro sindicalismo, mantenemos que el mayor compromiso del trabajador se logra cuándo es el propietario de la empresa en la que presta su servicio, pensamos que esta misma premisa es de aplicación al ámbito de lo político. La base del Estado Nacional-Sindicalista radica en lograr que los grandes ideales de la Patria que ha de venir (libertad, dignidad, justicia social, progreso material, etc.) resulten vinculantes para el conjunto de los ciudadanos. Y el único modo de lograrlo es entregar a ese conjunto las riendas del poder, haciéndolo protagonista y partícipe de todo el proceso. Esa es, además, la única garantía de una Revolución duradera.

Ahora bien, es precisamente nuestro sentido democrático lo que nos hace hostiles frente al simulacro de democracia de los partidos. La democracia liberal es inauténtica y en ella la libertad de opción resulta muy limitada, irremisiblemente asociada al poder de la publicidad y a la manipulación de los sentimientos y las pasiones.

En el Estado Nacional-Sindicalista la gente votará muy a menudo. Por supuesto, cualquier decisión trascendente será objeto de consulta plebiscitaria vinculante. Pero, sobre todo, el ciudadano será llamado periódicamente a elegir a sus representantes en los dos ámbitos donde su opinión estará sólidamente fundamentada: en el municipio y en el sindicato. La democracia falangista es piramidal. Los trabajadores elegirán entre sus mismos compañeros a quienes crean más capacitados no para representarlos ante los propietarios, pues esa condición les competerá a ellos mismos en virtud de su condición de trabajadores, sino para dirigir los destinos de su empresa. Estos directivos electos cooptarán entre sí a aquellos que deberán tomar decisiones en ámbitos superiores: sectoriales, de ramas completas de la producción o incluso nacionales. Y serán igualmente elegibles, de tal modo que en las elecciones básicas de cada empresa se puede estar eligiendo, sin saberlo, al Presidente del Gobierno. Porque la mitad del poder legislativo, del Congreso de los Diputados, saldrá de las urnas de los centros de trabajo.

La otra mitad procederá de las elecciones municipales, que es el segundo ámbito del poder político. El ciudadano elige a su alcalde y concejales y éstos deberán elegir entre sí a quienes los represente en el ámbito comarcal, provincial, territorial y nacional. También es posible que el alcalde elegido en una pequeña localidad termine presidiendo el Consejo de Ministros o formando parte de él.

Naturalmente, la gestión legislativa y ejecutiva en esta auténtica democracia contará con una serie de auxiliares técnicos que harán también una función de contrapeso, como el Senado o el Consejo de Estado. Y estará sometida a los tribunales de justicia. Estos órganos especiales también serán elegidos democráticamente. Pero así como al Poder Judicial sólo tendrían acceso miembros de la carrera judicial, los miembros del Consejo de Estado serán elegidos entre los colegios profesionales más técnicos (de ingenieros, arquitectos, economistas, etc.) y el Senado, entre el mundo de la alta cultura y de la Universidad, por ejemplo.

Finalmente, una vez cada cuatro años el pueblo será llamado a las urnas para elegir al Presidente de la República por sufragio universal.

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3 Marzo 2008

PORQUÉ SOMOS PARTIDARIOS DEL ESTADO.


Los falangistas entendemos al Estado como el mejor instrumento del poder político para dar cumplimiento a los grandes objetivos nacionales. Esos objetivos son la educación, la sanidad, la defensa nacional, la vivienda, el medio ambiente, las infraestructuras, la cultura, la seguridad, las prestaciones sociales, la política exterior, etc. Materias todas ellas trascendentes hasta el punto de exigir unos planteamientos extremadamente exigentes tanto en la designación de los proyectos a abordar como en la dotación económica y humana necesarias para llevarlos a término.

Una Constitución falangista recogerá las grandes líneas de actuación en cada una de esas materias. A ella quedarán subordinadas todas las leyes del Estado. En su primer artículo se habrán de declarar los valores de la dignidad y libertad de las personas, de la justicia social y del patriotismo como los principios supremos inspiradores del nuevo Estado. Esta carta Magna será promulgada por los líderes de la Revolución y sólo podría hallar su legitimación tras ser refrendada en un plebiscito popular.

El modelo de Estado de la Falange es, por tanto, una alternativa a la visión liberal que estima posible que las relaciones políticas se rijan por un modelo similar al que (ficticiamente) modera las relaciones de mercado. La cosmovisión falangista entiende, por el contrario, que materias tan sensibles como la educación, la vivienda, etc. tienen una incidencia tan decisiva en la vida cotidiana de las personas que no pueden ser dejadas al albur de unas hipotéticas relaciones sociales fraternales, altruistas o basadas en las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Son, muy al contrario, objeto de un planteamiento político que no debe llegar a distraerse de los grandes principios rectores aludidos: dignidad, libertad, justicia y patriotismo.

Esta certeza en la bondad de un Estado fuerte y eficaz no implica en modo alguno una inspiración de la Falange en los modelos totalitarios del comunismo o del fascismo.

Los falangistas no somos partidarios de un Estado totalitario sino de un Estado “total”: un sistema político en el que todas las fuerzas humanas y sociales estén unívocamente al servicio del cumplimiento de unos grandes ideales a los que la propia estructura (administración) del Estado sirve y responde.

Nuestra cosmovisión eminentemente humanista nos impide aceptar cualquier concepción del Estado que no lo ubique por debajo y al servicio del hombre. El Estado es una herramienta para garantizar un prometedor porvenir para la Nación al tiempo que un excelente medio para modelar la sociedad a medio y largo plazo en interés de la sociedad misma, de su dignidad y su libertad. Pero no una rejilla en la que cada individuo tenga un lugar preasignado y una monótona función que cumplir.

La imagen de la sociedad nacional-sindicalista responde antes a la del trabajador-propietario que se afana en mejorar sus condiciones económicas y en procurar el progreso solidario de la Nación que a la del funcionario uniformado o militarizado que acompasa su ritmo vital al de esa gran máquina de la que apenas representa un minúsculo engranaje. Pero por encima de todas las consideraciones económicas se erigen los grandes interrogantes acerca de cómo deseamos constituirnos como Nación en el contexto histórico y sobre el modo de alcanzar esos altos objetivos. Dignidad, libertad y justicia son nuestros ideales; el Estado será el medio para cumplirlos, acrecentarlos y preservarlos en el futuro.

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27 Febrero 2008

PORQUÉ SOMOS SINDICALISTAS

La crítica falangista al capitalismo es de orden moral y económico. En el segundo término de este doble rechazo se inscribe nuestro sindicalismo. La Falange acepta la teoría socialista de la plusvalía, según la cual el sobrevalor que adquieren las materias primas después de adicionársele el factor trabajo recae sobre quienes detentan la propiedad de los medios de producción. En el capitalismo esa propiedad pertenece a los individuos que arriesgan su dinero en la creación de sus propias empresas y, en buena lógica, a ellos corresponde las ganancias de la empresa. Una visión menos amable surge cuando esa especie de capitalismo popular cede su espacio a las grandes corporaciones y fondos de inversión. Pero en ambos casos, los falangistas mantenemos que la situación heredada parte de una concepción errónea ya que la plusvalía, la ganancia neta, procede siempre del esfuerzo del trabajador, sea del operario manual o de quienes ocupan puestos de gestión y planificación. En buena lógica, la propiedad de los bienes de producción debería recaer no en quien arriesga su capital personal en los negocios, a veces una sola vez en la vida, sino a quien entrega los mejores años de la suya en promover el éxito de su empresa.

Claro que en términos falangistas esta lógica fría de la propiedad resulta escasa para agotar todas las posibilidades inherentes a una concepción humanista de la economía. Por tal motivo recurrimos con creciente insistencia al concepto marxista de la alienación que, grosso modo, viene a denunciar las profundas y malsanas consecuencias psicológicas que para el hombre se derivan al verse privado de la parte más mollar de los frutos de un trabajo que se ve obligado a vender a bajo precio a sus empleadores capitalistas. Entre esas consecuencias no son las menores el desapego y la falta de interés hacia el bien de la empresa (que nunca podrá dejar de vivenciarse como algo artificial a lo que no se pertenece), o esa forma particular de animadversión que conocemos como “lucha de clases”.

Desde el punto de vista de la economía la Revolución falangista debe traer inexorablemente un cambio radical en la propiedad de los bienes de producción: éstos han de ser liberados de las manos de los grandes y los pequeños detentadores de capital para ser entregada a los trabajadores. “La tierra y la empresa para quien la trabaja”, reza el lema que sintetiza toda la doctrina falangista en esta materia. Ciertamente, la Falange aspira a una Revolución incruenta; pero los viejos conceptos de patrón, de dueño o de amo no sobrevivirán a este envite.

La Falange aboga por la fundación de unas estructuras intermedias que velen por la obtención de resultados económicos y entregue posteriormente la plusvalía a quines la han hecho posible. Esas estructuras son los sindicatos verticales revolucionarios, nada que ver con los sindicatos reivindicativos y “pactistas” que conocemos.

Verticales, en contraposición a los sindicatos horizontales o de clase, porque en su seno se acoge a todas las categorías profesionales implicadas en la producción de los bienes, a todos los trabajadores sin distinciones de cualificación sino de rama de producción, y donde tendrán voz y voto tanto los directores como el último peón.

Y revolucionarios, pues su instauración sólo puede correr pareja al desmantelamiento de la estructura capitalista que regula en la actualidad las relaciones de producción y pueden coadyuvar tácticamente en el proceso de cambio.

Los sindicatos por tanto estarán encargados de asumir en el futuro las mismas tareas que hoy competen a las empresas capitalistas (financiación, formación profesional, apertura de nuevos mercados, etc.). Su misión fundamental seguirá siendo la de producir bienes económicos: hacer negocios, hacer dinero. Cuanto más, mejor.

Pero con unos límites: aquellos que los trabajadores de cada empresa tengan a bien imponerse. Porque si en el Estado Nacional-Sindicalista la propiedad de los bienes de producción y las empresas va a recaer sobre los propios trabajadores, entonces las decisiones que se tomen en su seno deberán contar con la aquiescencia de sus nuevos propietarios. El poder político, el Estado, se arrogará el derecho a marcar los grandes objetivos nacionales para cuya consecución espera contar con la solidaridad y lealtad de los trabajadores-propietarios de las empresas sindicales. Y ello, por simple patriotismo. En cualquier caso, las decisiones empresariales finales recaerán siempre sobre los hombres que se afanan en su trabajo cotidiano, que hoy constituyen la inmensa mayoría del pueblo español pero que, en el futuro, lo serán en su totalidad.

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22 Febrero 2008

PORQUÉ SOMOS PATRIOTAS.



El patriotismo falangista se articula en torno a dos ejes:

1. La aceptación de la decadencia histórica de España y el afán por superarla. La pregunta por España es consustancial al origen mismo de la Falange. En muchos sentidos, ésta ve la luz como una respuesta política a la pregunta sobre España, cuya respuesta no estuvo al alcance de los intentos excesivamente teoréticos y metafísicos de la gran generación intelectual que la precedió en el camino.

2. Su fe inquebrantable en el pueblo español. La Falange estima que los españoles aún conservan capacidades espirituales, culturales y de carácter para superar esa decadencia si así se lo proponen, a condición de ofrecerles un proyecto común donde tales virtudes puedan ponerse en juego. Un proyecto que active el potencial de nuestro pueblo al servicio de una gran causa colectiva, como viene siendo una constante a lo largo de su dilatada historia y cuya última expresión, por más que extraordinariamente poco ambiciosa, bien pudiera corresponderse con la transición democrática de 1978.

Por lo que hace a nuestra decadencia, ésta parece tener su origen en una profunda crisis moral en un pueblo acostumbrado desde antiguo a las tareas más inmensas y difíciles. Parecería como si los cuatro siglos de nuestro lento pero inexorable periclitar hubieran terminado por sembrar en los corazones incluso la duda sobre la continuidad de una Nación que, desde sus albores, parecía destinada a vencer en toda ocasión y a cualquier coste de heroísmo.

Nuestro patriotismo se enmarca, en consecuencia, en la necesidad de recuperar esa moral o colectiva que siempre caracterizó a lo español. Lo que en modo alguno viene a significar emplearnos de nuevo en viejas batallas donde, parafraseando al poeta, todo lo ganamos y todo lo perdimos. Fundamentalmente: porque el frente de batalla se ha desplazado ya hacia otros confines.

La gran novedad del patriotismo falangista recae en afirmar que la pérdida de nuestro pulso vital y nuestro carácter autóctono tiene su origen remoto en el sistema económico y social en el que nos hallamos inmersos. Existe una crítica general al Sistema que compartimos en gran medida. General porque es un invento de la mentalidad anglosajona y sólo a ella conviene y beneficia. Por eso, al socaire de cualquier forma de universalismo, es de capital importancia apreciar que en el caso español concurre una circunstancia especial: que el modelo económico y social del capitalismo es radicalmente contradictorio con ese carácter español que estimamos como el principal activo para superar nuestra decadencia nacional. Porque el carácter español resulta incompatible con el tipo humano que se deriva del modelo antropológico del capitalismo, del homo-oeconomicus, del burgués en los términos propuestos por Stendhal: “llamo burgués a todo aquel que piensa bajamente” (y, en particular, añadimos nosotros: a todo aquel que piensa con la cartera). El carácter español, a partes iguales: ácrata, independiente, orgulloso, arrojado y espiritual a su manera, según los rasgos trazados por nuestra mejor literatura y por más que “nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero”).

La primera tarea del patriotismo falangista ha de ser, en buena lógica, subvertir el actual sistema económico y social por otro que se corresponda más exactamente con nuestro carácter popular. Porque, al desconsiderar las peculiaridades de ese carácter español, el sistema capitalista es quien nos ha inoculado el cáncer de nuestra decadencia que no es otro que una tendencia suicida hacia la división fratricida.

José Antonio nos muestra cómo esa decadencia tiene su origen, precisamente, en la triple división engendrada entre sus hombres, sus tierras y sus clases. España ha dejado de pelear en el ámbito de los quehaceres históricos para enzarzarse en una guerra interminable declarada en su propio seno, para reencontrase a sí misma o para liquidar su unidad, según los casos. Y el esfuerzo fraticida la deja exánime, agotada, para reclamar el lugar que le corresponde en lo universal. Para los falangistas, el esfuerzo ha de principiar en consecuencia en el suelo patrio: tomar conciencia de cómo somos y diseñar un sistema político, económico y social acorde con aquellos rasgos en los que todos los españoles podamos vernos reflejados.

Después de una acelerada y urgente deriva el fundador de la Falange se rinde a la originaria evidencia jonsista: hay que hacer la Revolución. Hay que instaurar en España un sistema nuevo cuyos principios sean coherentes con la calidad única y diferencial del pueblo español, calidad paradójicamente ausente por lo general en sus elites dirigentes dados sus tradicionales complejos extranjerizantes. Un sistema animado por unos valores que puedan ser interpretados como propios por todos los individuos, las clases y las tierras de España, porque nacen del común modo de ser que nos distingue entre los demás pueblos del orbe. Un sistema que, como primera medida, instaure en lo económico los preceptos del estricto respeto a la dignidad de las personas (un sistema al servicio del hombre), pues nada hay más alejado del alma española que la alienación capitalista ni nada más pernicioso para su modo característico de entender las cosas como las seducciones del estilo burgués de vida. Y en lo político, el escrupuloso respeto a su libertad: la recuperación de España pasa indefectiblemente por que el pueblo conquiste definitivamente su mayoría de edad y sea tratado conforme a tal condición.

La gran tarea histórica que España nos demanda es su Revolución, para dotarla del sistema más acorde con las seculares demandas de un pueblo con características tan nobles y arraigadas como el español: la libertad y la justicia a manos llenas.

No existe otra forma de recuperar el heroico impulso de España y de escapar de la dinámica malvada de los siglos de penuria. Pero hay más. La Revolución ofrece a nuestra Nación una oportunidad para inscribir de nuevo su nombre con letras doradas en el gran libro de la Historia, restituyéndola como la gran Nación que se adelante a todas -una vez más- en el tenebroso mar de lo desconocido, jugándose la existencia en el envite, exportando generosamente su Revolución a todos los pueblos que padecen la fisura entre su carácter popular y el sistema de ideas extraño que rige sus destinos. Una oportunidad para que España retorne al lugar privilegiado que le compete en el concurso de las naciones y recuperar su vocación “imperial”, esto es, de guía y de vanguardia para otros pueblos y naciones.

En conclusión, España y la Revolución se requieren mutuamente. Por eso, por revolucionarios, por procurar siempre lo mejor para nuestra Nación, somos patriotas.

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Sobre mí

Somos muchos los que creemos que se pueden hacer las cosas de otra manera. Tuvimos como enlace común las Falanges Juveniles de España. Pero ahora nos sentimos falangistas sin falange y muchos que no estuvieron con nosotros al principio, comparten hoy nuestras inquietudes.Reconocemos la dimensión religiosa del hombre y la realidad social de España mayoritariamente católica. No somos una corriente de pensamiento confesional, aunque nos inspiramos en una concepción cristiana de la vida.

Quisisteis ser el ascua en otro cerco

que enciendan acampadas venideras

en pos de ese sueño... siempre terco

atisbado en románticas quimeras

No quisisteis jamás dejar de serlo

a pesar de ver arriadas sus banderas

...no se deja de estar por no entreverlo

... no se deja de ser, por quedar fuera

Cinco flechas en distintas direcciones

apuntan, soportando el mismo yugo

buscando así atinar blanco seguro

Cinco mil distintas opiniones

vivifican y atemperan al verdugo

que quisiera ejecutar... Nuestro futuro

(Sancies) Gallos de Marzo

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